No hay mujer más linda que aquella que resplandece aún cuando esté desarreglada y sucia de tanto trabajar, pues su belleza no está en su cuerpo si no que en las figuras que deja en el cemento trazado con líneas de esperanza, en los colores de alegría que guarda celosamente en tarritos acuosos.
No hay mujer más linda que aquella brigadista, que siguiendo el ejemplo de Ramona Parra, viste ropas poco femeninas con una mano empuñando una brocha y una sigla que grita pintaremos hasta el cielo.
Después de su ardua labor, no me atrevería a desvestirla, por muchas ganas que tuviera. Perdería la magia el dejar de sólo admirarla envuelta en su traje de trabajo, con las heridas multicolores de tantos sueños plasmados en muros que se dejan acariciar por su seducción.
No hay mujer más linda que aquella comunista de la BRP, vista en la noche, luego de un día de pintorescos y coloridos momentos. Ni el mejor rojo amanecer, ni el más grandioso arrebol al caer el sol se comparan con aquella compañera que prometió tomarse el cielo por asalto y pintar en él la palabra revolución