Yo, enfermo como siempre, intentaba disimular lo mal que me sentía con comentarios sobre el pintoresco pueblito que me albergaría por los dos días siguientes.
Yo viviría aquí, le dije, es todo tranquilo, lejos del ruido y el estrés de Antofa.
Llegamos a su casa, el reloj que era termómetro a la vez me indicaba que a eso de las 5 de la tarde habían 32º a la sombra.
Fue en ese momento en que me arrepentí de haber dicho que viviría allá. Debo reconocer que ese día también me arrepentí de haber viajado. La dimensión de las cosas no era como pensaba y debía resignarme a malgastar horas y horas de mi tiempo sin hacer nada, y a aprovechar las escasas horas productivas en encontrar las respuestas que fui a buscar.
Luego de escuchar que su hermana no quería conocerme en ese momento, me presenta a su hijo. Un gordo exquisito que no me gustaría estar en sus pañales. Con esa contextura y malacostumbrado a andar en brazos desconozco como puede sortear el calor de la pampa con tanta facilidad.
“Es igualito a su papá” comenté, y respiré aliviado. Con lo caros que son los exámenes de ADN no me hubiese gustado que mi amigo se haya sometido a uno por la obtusa idea que escondía sus deseos más profundos de no hacerse cargo de su irresponsabilidad.
Intento empezar la primera conversación de la jornada, la respuesta de ella me llevó a un terreno en el que no quería jugar, mi proceso inconcluso con cata, su inseguridad, mi incapacidad, termina la conversación, me quedo con la sensación de ir perdiendo 0-1 por autogol.
Mientras yo dormía, ella trabajaba, su hijo era cuidado por su familia paterna y Chile le ganaba a Venezuela, clasificando al hexagonal final del sudamericano sub20.
En la madrugada del viernes decidí salir al ataque para revertir el 0-1 de la tarde del jueves. No recuerdo bien lo que le dije, pero terminé sentado sobre el brazo del sillón donde ella estaba sentada, besándola.
Debo reconocer que una de las pocas cosas que recordaba era la textura de su piel que me encanta. Sin embargo había olvidado una serie de cosas, como sus labios y lo agradable que era besarlos. Había olvidado también lo bien que encajan mis manos en su espalda y el tatuaje que tiene en ella.
Entre el sueño y las interrupciones cada vez que su hijo despertaba, me fui a dormir con la satisfacción de quien logra el gol del empate en los descuentos.
A la mañana siguiente ya era otro partido, el cual ambos ganamos por goleada al final de la jornada.
En la retina quedan los recuerdos de un viaje que cumplió sus objetivos. El supermercado y sus pasillos, la plaza, el kiosko rojo y sus tocomples, el banco de dos palos, el sillón de la casa, la sesión fotográfica, las conversaciones, lo que se dijo y lo que se cayó, lo que se hizo, lo que no se hizo y lo que se hizo a medias, las trancas y las inseguridades, las convicciones y las respuestas, Ovalle y más preguntas, la despedida y el bus de vuelta.
Una amiga me decía que no iniciara un proceso sin antes cerrar otros. Hoy estoy más que convencido que en la pampa cerré uno. Ese ambiguo proceso de “no sé que chucha me pasa con ella” ya está cerrado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario